lunes, enero 23, 2012

Acariciaba la pistola, caliente y abrillantada. Tres propósitos de año nuevo yacían a sus pies. Por ahora, todo iba bien. Bajó los pies de la mesa del café y escuchó que en la cocina algo se movía. Un suelo roto bajo los pies le recordaba la ilusión muerta hacía ya tantos años de cambiar el parquet; ni tan siquiera le dedicó un lamento entre dientes. Nada. Hileras de libros trataban de sostener a la pared, y a sí mismos, en pie. Desde la llegada del otro ya no habían recibido ni tan siquiera una mirada; ni tan siquiera una maldición entre dientes.
El otro esta colgando en la pared. Parece ser lo único que brilla en la casa. Se luce a si mismo completo, en plenitud, sin saber lo poco que esta le durará. Toda existencia está condenada a alejarse de aquella felicidad infinita de los comienzos; en cuanto empezamos a sabernos viejos empezamos a saber que no queda otro camino que la nostalgia. El calendario empezaría a sospechar lo que eso significa en treinta y un días, para alcanzar la certeza absoluta de esta verdad al alborear el mes de mayo, o quizás entrado junio. Por ello no podía adivinar el porqué de los disparos que recién habían aturdido sus orejas, ni el porqué del desaliño y las miradas de refilón del hombre que, colgándole, le había dado la vida. El hombre que le miraba fijamente ahora, como esperando que le diese una respuesta. El calendario trataba de evitar el reproche implicito en la mirada gritando al hombre: “¡Te regalo el tiempo!”, pero el hombre no parecía percatarse... ¿O si? Quizás fuera el tiempo que tenía por delante lo que le hacía andar en pijama, con la barba desaliñada y una pistola en la mano: “¿de que me sirve que me regales el tiempo si no me dices que hacer con él? ¿Por qué has venido a restregarme todo lo que podría hacer y no hago? Ojala hubiese una guía en este vacío, ojala aparezca el sentido al doblar la página” Se dio la vuelta y camino hacia el sofá. Antes de llegar, se oyó otro disparo. Y después, nada; los cadáveres de las ilusiones se esfumaron, las dudas se desvanecieron. Solo quedaba un cuerpo en un pijama y un montón de días por delante, ahora ya completamente inútiles.

miércoles, enero 18, 2012

Mientras las últimas notas de la guitarra se derramaban por sus oídos, apretó el cuchillo con fuerza contra su regazo. Se había olvidado de que estaba picando cebolla, totalmente raptado por el rasgueo de la guitarra, y ahora que había cesado, todavía no lograba regresar a la realidad. ¿Para qué? ¿Algo sería más real que aquellos acordes? ¿Qué aquella voz? Se enfundo la sudadera y se dispuso a salir de casa. Solo al cerrar la puerta se dio cuenta que se había olvidado las llaves y el perro. "¡Mierda!" Se encoge de hombros y baja las escaleras. Nada le preocupa más ahora mismo que meter aire a sus pulmones: "¡Vida! ¡Vida!", parecía gritar su prisa. Al abrir el portal echó a correr. ¡Nada podía demorarle para llegar a su destino! ¿Cual era este? Igual da. Como si algún día algún jodido romántico se hubiese preguntado por algo práctico a sí mismo. Solo iba atareado pensando en la vida que estaba por alcanzar, siempre más allá, un poquito más allá.
Si esperaba escuchar una guitarra nunca lo sabremos, porque en su búsqueda de esa vida se olvido de mirar al cruzar la calle, y bajo las ruedas del camión de reparto del Mercadona toda su prisa se detuvo. Estúpidos idealistas.

Cuanto me alegro, por lo menos se había olvidado al perro en casa.

martes, enero 17, 2012

Dicen que el tiempo es un gran examinador. EL protagonista de Fresas Salvajes bien lo sueña. Un hombre a punto de recibir un premio a toda su carrera como profesor e investigador soñándose examinado por su profesor de primaría. Titubeos al hablar, sudor frío, y miradas desconfiadas hacía los compañeros. A Bergman solo puede aplaudírsele.
Bueno, estábamos hablando del tiempo como examinador, y ello viene a raíz de haber estado releyendo algunas entradas del blog. ¿Egocentrismo? ¿Perdida de tiempo? Podría justificarlo de mil maneras, así que no lo haré de ninguna: se acabaron los apósitos morales. Lo leído me ha gustado y me ha disgustado. Leo y de repente me preocupo: "¿Podré volver a escribir algo parecido? ¿Con esa gracia y ese salero?" Esta pregunta me asalta y me molesta. Me molesta que me asalte, quiero decir. Los paraísos perdidos de Borges y Milton están muy bien para viejos ciegos, pero con veintitrés años la pregunta adquiere unos tintes románticos vomitivos.
A veces me ocurre, al igual que a Isaac Borg(protagonista de Fresas Salvajes), que miro atrás y pienso que no sé nada. Trato de examinarme mentalmente y no puedo ni tan siquiera dar respuestas a mis preguntas. Una vocecilla consoladora se atreve a aventurar:"¿Será que te buscas las cosquillas?" Falso consuelo, pero lo acaricio y me place. Vuelve la dificultad de examinarse a la liza. Vuelve la genialidad de Bergman a la liza. ¿Acaso en algún momento se había ido? Si, claro. No consigo vivir despierto todo el día. A veces venzo a la pereza, pero la mayor parte del tiempo ella es la que usa de mi ocio convirtiéndolo en improductivo. Desde hace un tiempo lucho porque el trabajo de mi vida sea este: Hacer mi ocio productivo. Esta entrada es un ejemplo. La falta de continuación, el peso del hábito.

miércoles, octubre 12, 2011

He viajado poco a lo largo de mi vida. Y, aunque haya vivido un par de años alejado de casa, nunca la lejanía fue sentida. Ni tan siquiera con el traslado a Copenhague sentí el vértigo de la distancia. Todo sucedió de manera muy natural, sin problemas. En mi caso esto equivale a decir, irrazonada, o por decirlo en palabras de mi tiíta Mari Reyes: "Este chiquillo se tira y luego piensa si será capaz de parar".
Y así llegue hasta hoy, en que, de repente, fui atacado por una clase de nostalgia sobre la que nunca había oído hablas, sobre la que no hay nada escrito. Yo la llamo "el olor a jersey lavado por mama". Está nueva clase de morriña ataca en bibliotecas (hasta ahora es el único lugar en el que se ha registrado el caso) cuando el jersey decide ponerse un humano, y no al revés, hay está uno de los primeros indicios. Una vez puesto, envía a la nariz del humano en cuestión ese olor a suavizante planchado. Y una vez ahí, se desató en mi, que no en el jersey, todo un proceso mental que me llevó desde la cuna hasta presente, siempre con la imagen de mi madre sobreimpresa en el fondo del decorado.
No puedo describir mejor la sensación, solo sé que pasado el shock, me percaté de haber estado oliendo el jersey repetidas veces por un lapso de tiempo que no recuerdo con exactitud, maldiciéndome por ello ya que cada vez que lo hacía era plenamente consciente de que me estaba habituando a ese olor, asesinando así su magia, su poder de emulación.

martes, octubre 04, 2011

Hoy tuve a la danesa que viene a buscar enfrente de mí en la biblioteca. Y flaqueé. ME gustaría literatulizarlo(la tragedia si que es muy dada a ello), pero jugar a estas alturas de la vida al joven Werther me resulta vergonzoso. Además, no tiene un final agradable. La cuestión merece análisis a fondo, merece hurgarse y llorarse

Los días han pasado como las hojas de Borges, rápido y cargados. El problema es que ya la rutina empieza a inmiscuirse en a vida como las descripciones de paisajes en las aventuras de frodo, tocando las pelotas. Supongo que habrá rutinas maravillosas, pero la mia vive cebada de pereza, de inactividad. E internet es su droga. Salir de una rueda y meterse en otra es una ayuda, pero vivo con la maldición de jota en la retina:
http://www.youtube.com/watch?v=o-I4uawGPFA&feature=related

Los Planetas empiezan a volverse un arma de doble filo.

domingo, octubre 02, 2011

Y la calma se arrellanó a mi lado. Dio unas revueltas buscando acomodo y se echó a mis pies. En un arrebato por personificarla, grité: "¡Uma!", pero no llegó respuesta. La calma siempre ha sido poco dada a la poesía.

miércoles, septiembre 14, 2011

Aquí las cebollas también hacen llorar. Pequeñas cosas te desvelan del sueño dogmático de que todo cambio de localización, de que todo viaje espacial, va a hacer que el mundo cambie por completo a tu alrededor. Tu cabeza juega contigo los primeros días, cambiándote y modificándote la percepción, hasta que la costumbre, la rutina vuelve a ponerlo a todo en su sitio. ¿Desencanto? No valoro, sencillamente percibo el cambio. La calle ya no asusta. El super vuelve a ser un lugar rutinario, después de jugar durante unos días a ser un laberinto. La cajera ya no es la cancerbera que fue en su día, ninguna esfinge me espera a ala puerta para bloquearme el paso con una pregunta embarazosa.
Copenhague ha recuperado una sonrisa que ni siquiera sabía que tenía. Ahora pasea alegre entre viandantes y biciclistas, un ratito a pie, y un ratito en bici. Ya no tratando de pasear desapercibida, una vez perdido el pánico de que algún agente externo se acercase a ella para dirigirle la palabra. Es más, ahora de entre la sonrisa salen palabras, preguntas y de vez en cuando algún diente. Ahora, esta sonrisa pasea por sus calles, ya no es caminada por ellas. La sonrisa ya no tiene miedo de otra sonrisa, ya no se oculta, solícita, dirigiéndose a los zapatos. Trata de ser el estandarte que un día fue en tierra patrio (Patria: "la patria no tiene nada que ver con ideologías, con posturas políticas. La patria es volver con tus padres, con tu familia. El verdadero amor a la patria, es el viaje de Odiseo de vuelta a Ítaca, a los brazos de Helena." Don Pablo García Castillo).
Si se puede sacar alguna conclusión de estos días es que sí, que Goya tenía razón, que los sueños de la Razón producen monstruos, y que sí, que tenemos que empezar nuestro ataque a la razón tal como Diógenes se meaba en el ágora.