miércoles, enero 18, 2012

Mientras las últimas notas de la guitarra se derramaban por sus oídos, apretó el cuchillo con fuerza contra su regazo. Se había olvidado de que estaba picando cebolla, totalmente raptado por el rasgueo de la guitarra, y ahora que había cesado, todavía no lograba regresar a la realidad. ¿Para qué? ¿Algo sería más real que aquellos acordes? ¿Qué aquella voz? Se enfundo la sudadera y se dispuso a salir de casa. Solo al cerrar la puerta se dio cuenta que se había olvidado las llaves y el perro. "¡Mierda!" Se encoge de hombros y baja las escaleras. Nada le preocupa más ahora mismo que meter aire a sus pulmones: "¡Vida! ¡Vida!", parecía gritar su prisa. Al abrir el portal echó a correr. ¡Nada podía demorarle para llegar a su destino! ¿Cual era este? Igual da. Como si algún día algún jodido romántico se hubiese preguntado por algo práctico a sí mismo. Solo iba atareado pensando en la vida que estaba por alcanzar, siempre más allá, un poquito más allá.
Si esperaba escuchar una guitarra nunca lo sabremos, porque en su búsqueda de esa vida se olvido de mirar al cruzar la calle, y bajo las ruedas del camión de reparto del Mercadona toda su prisa se detuvo. Estúpidos idealistas.

Cuanto me alegro, por lo menos se había olvidado al perro en casa.