Acariciaba la pistola, caliente y abrillantada. Tres propósitos de año nuevo yacían a sus pies. Por ahora, todo iba bien. Bajó los pies de la mesa del café y escuchó que en la cocina algo se movía. Un suelo roto bajo los pies le recordaba la ilusión muerta hacía ya tantos años de cambiar el parquet; ni tan siquiera le dedicó un lamento entre dientes. Nada. Hileras de libros trataban de sostener a la pared, y a sí mismos, en pie. Desde la llegada del otro ya no habían recibido ni tan siquiera una mirada; ni tan siquiera una maldición entre dientes.
El otro esta colgando en la pared. Parece ser lo único que brilla en la casa. Se luce a si mismo completo, en plenitud, sin saber lo poco que esta le durará. Toda existencia está condenada a alejarse de aquella felicidad infinita de los comienzos; en cuanto empezamos a sabernos viejos empezamos a saber que no queda otro camino que la nostalgia. El calendario empezaría a sospechar lo que eso significa en treinta y un días, para alcanzar la certeza absoluta de esta verdad al alborear el mes de mayo, o quizás entrado junio. Por ello no podía adivinar el porqué de los disparos que recién habían aturdido sus orejas, ni el porqué del desaliño y las miradas de refilón del hombre que, colgándole, le había dado la vida. El hombre que le miraba fijamente ahora, como esperando que le diese una respuesta. El calendario trataba de evitar el reproche implicito en la mirada gritando al hombre: “¡Te regalo el tiempo!”, pero el hombre no parecía percatarse... ¿O si? Quizás fuera el tiempo que tenía por delante lo que le hacía andar en pijama, con la barba desaliñada y una pistola en la mano: “¿de que me sirve que me regales el tiempo si no me dices que hacer con él? ¿Por qué has venido a restregarme todo lo que podría hacer y no hago? Ojala hubiese una guía en este vacío, ojala aparezca el sentido al doblar la página” Se dio la vuelta y camino hacia el sofá. Antes de llegar, se oyó otro disparo. Y después, nada; los cadáveres de las ilusiones se esfumaron, las dudas se desvanecieron. Solo quedaba un cuerpo en un pijama y un montón de días por delante, ahora ya completamente inútiles.
El otro esta colgando en la pared. Parece ser lo único que brilla en la casa. Se luce a si mismo completo, en plenitud, sin saber lo poco que esta le durará. Toda existencia está condenada a alejarse de aquella felicidad infinita de los comienzos; en cuanto empezamos a sabernos viejos empezamos a saber que no queda otro camino que la nostalgia. El calendario empezaría a sospechar lo que eso significa en treinta y un días, para alcanzar la certeza absoluta de esta verdad al alborear el mes de mayo, o quizás entrado junio. Por ello no podía adivinar el porqué de los disparos que recién habían aturdido sus orejas, ni el porqué del desaliño y las miradas de refilón del hombre que, colgándole, le había dado la vida. El hombre que le miraba fijamente ahora, como esperando que le diese una respuesta. El calendario trataba de evitar el reproche implicito en la mirada gritando al hombre: “¡Te regalo el tiempo!”, pero el hombre no parecía percatarse... ¿O si? Quizás fuera el tiempo que tenía por delante lo que le hacía andar en pijama, con la barba desaliñada y una pistola en la mano: “¿de que me sirve que me regales el tiempo si no me dices que hacer con él? ¿Por qué has venido a restregarme todo lo que podría hacer y no hago? Ojala hubiese una guía en este vacío, ojala aparezca el sentido al doblar la página” Se dio la vuelta y camino hacia el sofá. Antes de llegar, se oyó otro disparo. Y después, nada; los cadáveres de las ilusiones se esfumaron, las dudas se desvanecieron. Solo quedaba un cuerpo en un pijama y un montón de días por delante, ahora ya completamente inútiles.
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